Editorial: Cuando el ganar va más allá de un trofeo o una medalla


Un título forjado desde la fe. Del amor propio y la perseverancia. En el Atanasio Girardot, Deportes Tolima no sólo bordó tan anhelada segunda estrella en el escudo. También recuperó la mística que creía perdida y gestó una hazaña que quedó tatuada en el alma de todos sus hinchas.

El 'Vinotinto y Oro' dio una lección de humildad a un rival que pecó por soberbio. Que 'ensilló las bestias' sin tenerlas y, a sabiendas de que su contrario tenía argumentos futbolísticos para remontar, miró con desdén el juego de vuelta. 

En la tierra del más veces campeón -como se leyó en aquella pancarta- una tribu guerrera ganó la más grande de las batallas. Resolvió un 'trámite' que aún tiene serías repercusiones en los paisas, poco acostumbrados al sabor amargo del fracaso.

Pero aparte de la efímera gloria, de los titulares de prensa que van quedando en los archivos y la resaca de una celebración ruidosa, el equipo de Ibagué obtuvo grandes réditos. Que bien administrados pueden ser todo un tesoro.

Desde lo económico recibirá casi 2 millones de dólares por su presencia asegurada en la Copa Libertadores y 3 millones más por la inminente venta del canterano Sebastián Villa a Boca Juniors. Sin contar la buena cantidad de abonados que tendrá para el segundo semestre, arrastrados por la efervescencia del título.

Sin embargo, el dinero no lo es todo, pues la verdadera ganancia está en lo intangible: El amor de una generación de chicos y jóvenes que lo seguirán hasta el fin de sus días. Que se vieron representados en Montero, Robayo, Banguero, Torijano, Pérez, Rodríguez, Villa, Orozco y Silva, solo por mencionar algunos. Que junto a ellos tocaron el cielo con las manos. 

Tolima, el equipo humilde que siempre se quedaba siempre ad portas del Olimpo, que tantas veces mordió el polvo, fue capaz de arrebatarle un sinfín de adeptos al equipo del magnate de las gaseosas, la radio y la televisión. 


Pues así como hay quienes se enamoran en la derrota, otros miles se dejan deslumbrar por el brillo del éxito. Y en el 'Bus de la victoria' siempre hay puestos disponibles.

Son muchos los que no habían nacido para aquel 21 de diciembre de 2003, cuando en el Pascual Guerrero de Cali un uruguayo, Jorge Artigas, agarró la primera estrella. Así como tantos esperaron 49 años para vivir ese momento, otros, por desgracia, no alcanzaron a disfrutarlo.

Y mientras el 'Vinotinto' veía esquivo su segundo campeonato local, el club 'Verde' de Antioquia cosechó 10. Era apenas lógico que una gran mayoría fuera cautivada por el conjunto foráneo, tras la ilusión de la 'felicidad eterna'. 

Pero no solo por Nacional. También por divisas extranjeras como Real Madrid y Barcelona. Por Juventus o PSG , Manchester United o City. Siempre presentes en la 'pantalla chica', siempre virales en redes sociales. Siempre con copas en sus manos y sonrientes ante las cámaras. Resulta casi imposible competir con semejante exposición mediática.

Dicen que no hay nada más bello y sufrido que ser hincha de un equipo chico. Y tienen razón. Qué grato es recitar de memoria las nóminas de 1982, 2003 o 2014. O los héroes del ascenso, en 1994. Qué hermoso es recordar el gol del negro Arrieta, en el viejo Murillo Toro, o de Víctor Hugo en El Campín.

A partir de hoy, lo maravilloso será evocar el tanto de Danovis, a los 93', o de Marco, en el final. Devolver la película y darle gracias al Altísimo, junto a Rafael, por tanta alegría. Ver a Gamero alzando los brazos y Camargo de rodillas en el Valle de Aburrá. Porque el ganar así va más allá de un trofeo o una medalla, ¡Lo es todo!