Luto en el DEPORTES TOLIMA: Falleció Fabio Lozano, exfuncionario del club





Luto en el DEPORTES TOLIMA: Falleció Fabio Lozano, exfuncionario del club






En las últimas horas se confirmó en Ibagué el deceso de Fabio Lozano, más conocido como 'Fabito', quien fue gerente del Deportes Tolima y, por ende, uno de los reconocidos hinchas del 'Vinotinto y Oro'. La noticia fue oficializada por el club en la tarde del domingo en sus redes sociales, en las que expresó su voz de condolencia a familiares y amigos del occiso.

"El Club Deportes Tolima lamenta profundamente el fallecimiento de Fabio Lozano, quien por varios años estuvo a servicio administrativo de nuestra administración. A sus seres queridos, un fraternal abrazo en este difícil momento. Descanse en paz", publicó el club en sus canales oficiales, ante la sensible pérdida, que causó desazón entre los aficionados 'vieja guardia'.


A través de las redes algunos de los exjugadores del cuadro 'Pijao' también se han expresado ante el deceso de Lozano, al que solía verse en las tribunas del estadio Manuel Murillo Toro. "Gran señor. Me ayudó mucho en el Tolima", indicó Luis Alberto Barbat, arquero de la institución entre 1996 y 1999. Saludo de pésame al que se sumó el argentino Víctor Hugo Del Río, ídolo del equipo.

En un emocionante relato que posteó en su perfil de Facebook, el periodista ibaguereño José Guarnizo Álvarez, cercano a Lozano, recordó cómo de su mano conoció el 'Coloso de la 37' cuando apenas era un niño y prácticamente se convirtió en hincha del 'Vinotinto y Oro'. A continuación, lo compartimos de manera íntegra.

Tendría seis años la primera vez que conocí el estadio, me llevó Fabio, mi padrino, Fabito, que acaba de fallecer. Era una época en la que el equipo arrastraba a muy poca gente a las tribunas. Eran los mismos de siempre los que se aparecían por allá a ver perder al Tolima, último equipo de la tabla en los ochentas.

El Indio Pijao, uno que otro furibundo y Fabio. Ahí estaban de nuevo ellos cada domingo, con la misma ilusión de siempre, en una realidad distinta, esa en la que la gloria y el triunfo eran posibles pese a la irremediable tragedia que aparecía como un fantasma en la cancha. En el entretiempo bajaba las gradas y lo buscaba.

Él, que se mantenía ocupado en las labores de recibir el dinero de la taquilla, me tomaba de la mano y me llevaba a donde el tipo de los perros calientes: "Flaco, dale uno al pelao, que luego cuadramos", le decía. "Claro, don Fabio", respondía el hombre. Con el tiempo fui entendiendo que la motivación del perro caliente se fue haciendo más importante que ver al equipo en domingo.

Casi siempre perdían. Y cuando ganaban, se me quería salir el corazón como si el mundo no tuviera mañana. El perro seguía siendo más importante, en todo caso. Hace unos minutos que recibí esa llamada en la que me contaron de su muerte, sentí que se me iba por un sifón una buena parte de mi infancia: El primer uniforme de fútbol, los primeros guayos, la primera bandera, las primeras lágrimas derramadas cuando el equipo descendió a los infiernos de la B, mi primera bicicleta, mi primer viaje a conocer al mar.

Fabio fue un padre para mí. Estuvo ahí ante la ausencia del biológico que estaría en otros lados. Y estuvo sin ninguna obligación, salvo la de alegrarse con mi propia alegría de niño. Con eso tenía. Una infancia sin ese perro caliente no habría sido infancia, pienso ahora. Y me cuesta ordenar esos recuerdos en mi cabeza. No hay un momento feliz en mis primeros diez años de vida en los que Fabio no hubiese estado allí como cómplice. Y por eso, solo por eso, quiero sentarme a llorar en su memoria. Hasta que se me pase.





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