Editorial: ¡Muchas gracias Joel Silva!


"Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad". Fue una de las tantas frases que inmortalizó en su canto uno de los más grandes cantantes de salsa de todos los tiempos: El puertorriqueño Héctor Lavoe. 

Pero el final que le correspondió al guardameta Joel Alberto Silva en Deportes Tolima no estuvo acorde a todo lo que le entregó el paraguayo al club. Más bien fue lánguido, gris, por más que él -todo un caballero- quiso camuflarlo entre palabras amables al momento de su despedida.

Por desgracia, a Joel lo sacaron por la puerta de atrás. Así de claro. Lo presionaron a renovar su vínculo contractual, que se vencía el 31 de diciembre y él, cansado con algunos detalles que pasaban en la interna, que calló por el bien del colectivo, decidió que lo mejor era buscar nuevos rumbos para 2019, sin dejar de entregarse al 100%.

Se negaron, en un momento dado, a reconocerle lo que se había ganado con tanto esfuerzo en el rectángulo verde, todo como parte de una estrategia para encaminar su adiós.

Y aprovecharon una lesión en su espalda de aquel 17 de marzo, en la victoria (1-0) ante el débil Boyacá Chicó, para acelerar entonces su salida. Porque para el dueño del equipo, Gabriel Camargo Salamanca, la idea de que el 'Guaraní' contemplara un futuro lejano a Ibagué le pareció inadmisible; más si esta se daba como agente libre. 

Por eso optó por no darle más 'vitrina' en su club y prefirió desvalorizar su inversión en el 50% de sus derechos deportivos. Lo aburrió a tal punto que el cancerbero, que en principio tenía dispuesto cumplir a cabalidad su contrato, optó por llegar a un 'amistoso' acuerdo luego de tres largas semanas de negociaciones. 

Consciente de que por encima de él estaba el guajiro Álvaro Montero y que la opción de pelear por la titular era casi imposible, pues tampoco estaba en los planes del técnico Alberto Miguel Gamero. Como no lo estaba en octubre de 2016, cuando el 'Sonero' se decantó por el santandereano Luis Enrique Delgado.

El 'tira y afloje' comenzó incluso desde enero de 2017, cuando Silva -como cualquier otro futbolista que atraviesa por un buen momento- se interesó en conocer qué propuestas había por su pase. Pero siempre consciente que, ante todo, debía presentarse a la disciplina del elenco 'Pijao', al que no le negó nunca una gota de sudor. 

Tal vez uno de los grandes pecados de Silva fue siempre ir de frente. Decir en el momento lo que pensaba, sin calcular si ello era o no políticamente correcto. Ser honesto con el hincha y hablarle, sin tapujos, cuando el equipo no daba su mejor versión. Evidenciar sus inconformidades y hacerlo partícipe de sus temores. 

Ser reservado en el triunfo, en un grupo de carácter muy festivo. Por ello no apareció en ninguna de las fotos grupales compartidas en redes sociales, ni en ninguna de las celebraciones. Porque para él la mejor recompensa a su esfuerzo estaba en el seno de su hogar, con su esposa Gabriela y su hija Luana. Es su forma de ser, alejada del bullicio y del licor.

Acostumbrado a ser siempre el protagonista principal, Joel no se animó a celebrar como suyo el título logrado aquel 9 de junio en el Atanasio Girardot, aunque los registros digan que estuvo en nueve partidos. Se le vio tímido, distante, ensimismado en una profunda melancolía. Y no era para menos. Fue el momento más duro que le puso la vida y el fútbol, pues ya era claro que esa sería su última aparición pública como jugador del equipo.

Con sus manos, el guaraní fue capaz de llevar a un equipo a una final liguera, algo que no pasaba hace seis años. Y estuvo a solo 90' de volverlo a hacer. El verdadero hincha del 'Vinotinto y Oro' aún tiene frescos en su memoria los recuerdos de aquellas tandas ante Patriotas y Bucaramanga, en el Murillo Toro. Y sin duda lloró de emoción cuando mandó a callar a toda la parcial 'Verdolaga'. 

O tiene vigente la noche vivida en el estadio de Techo, cuando evitó el fracaso en la Copa Sudamericana 2015 ante el desconocido Carabobo, en una serie que de forma increíble se fue a los cobros desde el punto penal. Joel se encargó de ahogar en tres veces el grito de gol de los venezolanos y fue a partir de entonces que comenzó a erigirse como ídolo.

Pero su liderazgo no estaba solo dentro del gramado. También fuera de él, pues siempre veló para que su grupo gozara de todas las comodidades de un plantel profesional. Como aquella vez de noviembre de 2016, cuando tomó la vocería y junto al volante panameño Gabriel 'Gavilán' Gómez y el lateral antioqueño Víctor Giraldo, le imploró al gerente del club, Ricardo Salazar, un bus cómodo para poder viajar a Tunja para el duelo de cuartos de final (Ida) ante Patriotas. 

Su protector, San Expedito, el patrono de las causas urgentes, se convirtió a su vez en el de miles de tolimenses, quienes también le encomendaron sus oraciones y vieron cómo se produjeron 'milagros'. Porque si a algo los llevó Joel fue a ser sus devotos en los momentos más difíciles. A entregarle sus angustias e ilusiones. Y, con el paso del tiempo, se convirtió especialista en sacarles lágrimas de felicidad.

Aunque las que él derramó ese 9 de diciembre de 2017, tirado en el césped de El Campín, fueron de amargura. Como nunca antes se conoció su lado más frágil y se vio que era tan humano como el resto de los mortales. Que la desazón por ver lejano su sueño de ser campeón lo sobrepasó de tal forma que hasta sus rivales fueron a su consuelo. Su llanto fue el de cientos que desde la tribuna norte del escenario capitalino se quedaron atónitos ante semejante imagen.

¿Cometió errores? Por supuesto. Se excedió en el camerino del estadio Palmaseca y tuvo un fuerte 'rifirrafe' con el volante Wílmar Barrios, hoy en Boca Juniors. Pero rápidamente reconoció su falta y presentó las disculpas del caso. De seguro su espíritu ganador, que puso por delante, lo llevó a vivir un mal momento en la que fue una de sus peores tardes, al encajar cuatro goles en solo 45 minutos. 

Solo queda desearle lo mejor a un hombre íntegro en todo el sentido de la palabra y que hasta su último día en Ibagué dio ejemplo de entrega y sentido de pertenencia. Y con la opción de desahogarse prefirió callar e irse de la forma más diplomática posible, considerándose de ahora en adelante un tolimense más. 

¡Muchas gracias Joel Silva!