Diego Gómez, el ídolo









Diego Gómez, el ídolo






Por: Mario Alejandro Rodríguez

Apenas tenía 13 años cuando él, en una tarde memorable, se puso el traje de Robin Hood y le robó a 40 mil personas el preciado botín, para dárselo de forma generosa a un pueblo que siempre soñó con alcanzarlo. Con el '12' en su espalda, el 'Dios', llamado así por sus más fieles devotos, dejó su aporte en un altar sagrado que hoy, 10 años después, sigue inmaculado.

Y es que a pesar de sus 182 centímetros, que para un arquero podrían parecer pocos, Diego Fernando Gómez Hurtado se erigió como el más grande de la 'Tribu' ese día, destinado sólo a los mejores. Con una actuación sobresaliente durante todo el torneo, el vallecaucano guardó lo mejor de su repertorio para el momento más indicado y en el partido final fue todo un superhéroe.

Su trabajo evitó una derrota peor, frente a un Deportivo Cali inspirado en el primer periodo. El 3-1 negativo con el que nos fuimos al descanso (3-3 en el global) permitió llegar a la 'Lotería', serie en la que Gómez compró el billete ganador, repartiendo el 'gordo' entre sus compañeros.

Pensé en que Gómez quizá se cambió su buso en el entretiempo por cábala. Y de haber sido así, esta se cumplió a la perfección, pues del blanco pasó al negro, el color que empleó el mismo día del partido ante Nacional, ocho días atrás, en el que se selló el cupo a la finalísima,  con un tanto agónico de Ricardo Manuel Ciciliano.

Todos los que palpitamos ese partido, y aún seguimos aquí, sabemos de primera mano que nuestro corazón es fuerte y está preparado para cualquier tipo de emociones; sobre todo, cuando Hernando 'Cocho' Patiño desperdició el segundo cobro de la tanda. Por un instante, mi mente quedó en blanco y acto seguido la angustia apareció, temiendo que el destino jugara en contra nuestra.

Pero en el momento más crítico, Dios apareció en el césped y él me aferré, como lo hicieron miles de tolimenses. Sentado en mi mecedora  agarré con fuerza mi escapulario, y soltando un respiro, deposité toda la confianza en mi ídolo, quien aparecía sereno en la pantalla del televisor. Inmediatamente recordé cuando lo recibíamos desde las gradas con un sonoro "Diego, Diego" en cada partido de local, a lo que respondía levantando sus manos en agradecimiento.

Atrás había quedado la tardía reacción frente a Gerardo Bedoya. En ese cobro, el segundo de los 'azucareros', Diego quedó inmóvil y sólo atinó a mirar cómo el esférico se metía en el arco norte del coliseo sanfernandino. Ahora estaba al frente Máyer Candelo, quien tomó una distancia considerable para un jugador que tenía su fortaleza en su mágica zurda.

A medida que se acercó al balón, Candelo se mostró demasiado seguro de su idea, y con algo de sobradez, mandó el útil al palo izquierdo. La intuición hizo que nuestro Dios volará a su encuentro y en una acción que aún tengo muy presente contuvo el remate, adelantándose un poco de la línea de gol. En ese instante me volvió el alma y con ella el sueño que plasmé durante toda la tarde en el papel comenzaba a convertirse en realidad.

La serie estaba 2-2, con tres ejecuciones por cada bando. Vino entonces el disparo del delantero brasileño Rogerio Pereira, que por poco ataja el golero argentino Leo Díaz; pero al final -para tranquilidad del sentir Pijao- se incrustó lentamente en la valla 'azucarera'. Freddy Hurtado y John Charria previamente vulneraron la resistencia del 'gaucho', por lo que todo estaba servido para aprovechar el error caleño.

El instante cumbre del ídolo llegó con el cuarto remate local. Y a cientos de kilómetros de distancia lo acompañé en esa estirada, que plasmó su retrato en las páginas más gloriosas del Club. El ariete Milton Rodríguez, quien desde el banco se convirtió en una alternativa de gol para el técnico Javier Álvarez, desperdició cualquier chance de seguir con vida para el 'verdiblanco', yerro que prendió la fiesta en todo el Tolima.

El misil enviado por Milton, que prometía superar la humanidad de Diego sin dificultades, se estrelló en las piernas del guardameta, quien pese a no adivinar la intención de su rival, contó con la suerte de interponerse en la trayectoria de la pelota.

Inmediatamente vi la proeza, me sentí campeón y quise prepararme para la celebración. Sin embargo, aunque planee qué hacer, sólo atiné a correr desesperadamente, porque los nervios me traicionaron en la que era la tarde más feliz de mi existencia.

El posterior tanto del argentino Jorge Artigas, quien engañó por completo al portero Díaz, hizo que explotara en júbilo. Las lágrimas aparecieron y mi padre, que vio a mi lado el compromiso, salió a compartir la buena nueva con los vecinos, quienes rápidamente se enteraron del suceso. La conquista de un grupo de gladiadores, liderados por otro 'Chiqui' de estatura, pero inmenso en la conducción técnica, se apoderó de los principales canales de televisión, quienes fueron cómplices en esa tarde histórica.

Dios se puso nuestra casaca y nos ayudó a bajar la tan esquiva estrella de navidad. Ese Dios que yo, y muchos de los fieles seguidores del 'Vinotinto', vimos encarnado en la figura de Diego Gómez, el ídolo que aún recuerdo luego de una década, como uno de los forjadores de mi más grande orgullo. 




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